Reporte del eclipse total del sol de 26 de febrero de 1998

Por Armando Caussade.
Creado el 16 de mayo de 1998. Revisado el 30 de diciembre de 2006.



ADVERTENCIA: ¡Nunca mire al sol! La ceguera causada por el sol es incurable. [1].


PRÓLOGO

El 26 de febrero de 1998 tuvo lugar un extraordinario eclipse total del sol que fue visible desde varias islas en la cuenca del Mar Caribe. Con tal de participar de este evento me trasladé a la isla de Curazao, donde pude observar una totalidad de 3 minutos y 28 segundos, bajo cielos absolutamente despejados. En la travesía me acompañaban mi hermano Jorge, así como la señora Gladys Ríos, y su hijo, Juan V. Villafañe, ambos aficionados a la astronomía, que además mantienen una gran amistad conmigo desde hace varios años.

PREPARATIVOS

El eclipse que presenciamos en 1998 lo fue como resultado directo del furor causado por un evento similar ocurrido en 1991. El 11 de julio de ese año se registró en México y América Central un espectacular eclipse total del sol, que tuvo una duración de 6 minutos y 53 segundos. Dicho evento, que fue observado por unas dos familias que conocíamos de la Sociedad de Astronomía de Puerto Rico, despertó un gran interés entre los que nunca habíamos contemplado un acontecimiento de este tipo. Como resultado nos dimos a examinar las efemérides para ver si algún eclipse total solar atravesaría nuestra región en los años siguientes, y fue con gran agrado que descubrimos que el 26 de febrero de 1998 pasaría uno, precisamente, muy cerca de nosotros.

Entre los aspectos que hacían de este eclipse de 1998 uno particularmente atractivo para nosotros, cabe destacar los siguientes: (1) la fase total resultaría visible desde muy cerca de Puerto Rico; (2) la considerable duración de la totalidad, calculada en 4 minutos y 9 segundos; y (3) el mismo atravesaría lugares característicos por su aridez —los estados de Zulia y Falcón en Venezuela, así como las islas de Aruba y Curazao—, lo cual representaría una mayor posibilidad de experimentar cielos despejados, y por consiguiente, de apreciar bien el evento. Luego de un detallado estudio de las predicciones, vimos que no se volvería producir un eclipse tan favorable para nosotros hasta el año 2017, aun considerando sólo el primer factor de la lista anterior.

19 kb Trayectoria del eclipse sobre el globo terráqueo
Fuente: Fred Espenak (NASA/GSFC).

Comentarios: Obsérvese el paso del eclipse a lo largo del Caribe oriental. La trayectoria del mismo discurre en un 90% sobre el oceáno.

Algún tiempo después, adquirí el canon publicado por Fred Espenak (Fifty Year Canon of Solar Eclipses: 1986-2035, NASA/Sky Publishing Corporation, 1987). En la tercera sección de este libro se indican las coordenadas geográficas de la franja por donde discurre la totalidad, calculadas a una resolución de un punto por cada de 6 minutos de tiempo. Basándonos en estos datos, logramos trazar la ruta del eclipse con mayor exactitud —desde tan temprano como 1995— y así saber exactamente a qué lugar deberíamos viajar. Podría decirse que, para esa época, al menos yo ya había decidido de manera firme que viajaría para presenciar este evento.

A principios de 1997 comencé a hablar seriamente sobre el eclipse del 98 con mis compañeros de la agrupación. Estuvo claro desde el principio que no todos podríamos viajar al mismo lugar. Por diversos motivos, eran muchos que los preferían una excursión corta, de un solo día. Un gran número de personas en la Sociedad de Astronomía era partícipe de esta opinión, la cual cristalizó en una expedición de 12 horas a la vecina nación de Antigua y Barbuda. En el caso mío y de los que me acompañaban, el criterio primario no era exactamente la reducción en el costo o en la duración de la estadía. Estábamos decididos a no correr riesgos de mal tiempo, por lo cual, la localidad de nuestro viaje se basó estrictamente en los pronósticos climatológicos.

Lo que ya sospechábamos —que la región más favorecida en cuanto al estado del tiempo era la de Venezuela y las Antillas Holandesas— lo confirmamos dos años antes del eclipse. En la edición de 1996 del Observer's Handbook (publicación anual de la Real Sociedad Astronómica del Canadá) apareció un excelente artículo de Jay Anderson en el que se resumía el perfil meteorológico de la región. Se indicaba, por ejemplo, que la ciudad de Maracaibo (Venezuela) registra en febrero, por término medio, un 74% de tiempo soleado, mientras que la isla de Curazao contabiliza un 84%. En cambio, la isla de Guadalupe, otro de los puntos «tocados» por el eclipse, registra sólo un 68%, lo cual representa un clima menos favorable.

Apertrechado de esta información, el 25 de septiembre de 1997 visité la agencia de viajes Travel Network en Hato Rey, donde adquirí dos pasajes con destino a la isla de Curazao, realizando además una reservación de 4 días y 3 noches en el Curaçao Caribbean Hotel & Casino. Esa misma tarde hablé por teléfono con Gladys Ríos y con su hijo Juan, informándoles sobre las gestiones realizadas, a lo cual me respondieron con un entusiasmo contagioso. El 6 de octubre, Gladys me devolvía la llamada, confirmando que había adquirido sus pasajes y reservaciones respectivas. De esta manera quedaba oficialmente organizada nuestra expedición a las Antillas Holandesas para observar el paso de la luna frente al sol.

16 kb Trayectoria del eclipse sobre las Antillas Holandesas
Fuente: Fred Espenak (NASA/GSFC).

Comentarios: Obsérvese la notable reducción en la duración de la totalidad del eclipse según se pasa desde el extremo norte-occidental hasta el sur-oriental de la isla de Curazao

Una vez comenzado el año 1998 el tema del eclipse fue acaparando cada vez más nuestras mentes. La Sociedad de Astronomía, con tal de orientar a su matrícula y al público interesado, celebró el 18 de febrero una conferencia —a la que asistí acompañado de los que viajarían conmigo— que trató en buena medida de las precauciones a tomarse durante la observación de los eclipses solares. Allí también conversamos con las personas que tenían planificado viajar a Aruba y a Antigua, expresándoles nuestros mejores deseos a cada uno de ellos.

Durante esos días, por mi parte, me dediqué a realizar un estudio exhaustivo acerca de los eclipses solares por medio del Internet. De las decenas de páginas que visité, me impresionó particularmente la del astrónomo Fred Espenak, preparada bajo el auspicio de NASA, lugar en el cual llegué a permanecer, diariamente, hasta varias horas. Esta página de Internet es una obra monumental, que supera incluso el canon citado anteriormente, puesto que llega a cubrir un período de miles de años, además de pronosticar con mayor detalle las circunstancias locales de los eclipses contemporáneos.

A sólo una semana del acontecimiento, mi comunicación con Gladys y Juan era ya casi diaria. El 21 de febrero, nos reuníamos en mi residencia para dilucidar los últimos detalles. Aproveché la ocasión para mostrarles una simulación del eclipse que había preparado en la computadora, la cual reducía las casi tres horas del evento a unos dos minutos, recalcando que en todo momento se requería el uso del filtro solar, salvo en los breves instantes de la totalidad. Además, se estrenó la videocámara que Juan utilizaría para filmar el sol —que había sido adquirida, en gran medida, para capturar este eclipse— y se prepararon las cubiertas de milar aluminizado que utilizaríamos para proteger el lente objetivo de este instrumento.

CURAZAO

El martes, 24 de febrero de 1998 —dos días antes del eclipse— abordaba junto a mi hermano Jorge el vuelo 334 de ALM con ruta de San Juan a Curazao. El viaje transcurrió sin ningún percance, e inmediatamente que salimos del avión, vimos un cielo absolutamente limpio y despejado, lo cual nos hizo pensar que habíamos elegido el lugar idóneo para presenciar el evento. Durante el trayecto al hotel, pudimos observar que, en efecto, el clima era tan seco como habíamos previsto: la vegetación era escasa, y consistía principalmente de cactos y otras plantas espinosas. Ya de noche, una vez alojados en la hospedería, vimos por la televisión los desfiles de clausura del carnaval anual, el cual había comenzado la semana anterior y concluía precisamente ese día.

Según habíamos planificado, Gladys y Juan volarían un día después que nosotros. En cuanto al alojamiento, ellos ocuparían una habitación en la torre principal del hotel, mientras que mi hermano y yo compartiríamos un apartamento en los edificios anexos ubicados frente al mar, en el lado sur-oriental del complejo.

Las primeras horas del miércoles, 25 de febrero, las dedicamos a organizar el viaje que nos llevaría al lugar óptimo de observación. En cuanto a la fase total del eclipse, esta sería apreciable desde prácticamente toda la isla, incluyendo la localidad donde se encontraba nuestro hotel (la concurrida región turística de Piscadera Bay, muy cerca de la ciudad capital de Willemstad). Allí la duración sería de unos 2 minutos y 20 segundos. Existía, sin embargo, la oportunidad de ampliar este período hasta unos 3 minutos y 32 segundos, si recorríamos unos 30 kilómetros hasta Punta Watamula, en el extremo noroeste de la isla [2].

A media mañana atravesamos el lobby del hotel y nos acercamos a unos quioscos identificados con un letrero que leía «Tourist Information Center». Sin embargo, tan pronto pronunciamos la palabra «eclipse», la joven encargada nos informó que ya se habían vendido todas las excursiones organizadas para este evento. Ciertamente habíamos llegado tarde. Miramos a nuestro alrededor, y nos percatamos de que no éramos los únicos en esa situación. Así pues, mi hermano y yo nos dedicamos a circular por el área —en espera de cualquier oportunidad que casualmente pudiera surgir— hasta que por indicación de una empleada del hotel dimos con un taxista, Ronnie, el cual manifestó su disposición de llevarnos hasta el noroeste de la isla y de devolvernos a la hospedería luego de concluido el evento. Lo contratamos inmediatamente, garantizando así que disfrutaríamos de la máxima posible duración de la totalidad, de unos tres minutos y medio.

A las 2:30 pm, después de un abundante almuerzo, abordamos un autobús turístico en el que hicimos un interesante recorrido de tres horas por la ciudad de Willemstad. En el trayecto desde Piscadera Bay hasta el casco urbano atravesamos algunas áreas residenciales, pasando luego por frente del conocido hospital de St. Elizabeth. Nos detuvimos en varios lugares de importancia, como el cementerio judío —primero en el hemisferio, consagrado por los sefarditas en 1659— y el Museo de Curazao, establecido en lo que antiguamente fue una mansión colonial. Una vez en la ciudad, cruzamos el famoso puente Reina Juliana, que comunica los dos barrios históricos que conforman la municipalidad, Punda y Otrobanda. Finalmente, nos detuvimos en una destilería donde producen un licor autóctono, denominado precisamente Curazao, que se elabora a base de la cáscara de la naranja, y al que le dan colores muy chillones como azul y verde.

56 kb En el hotel, la noche anterior al eclipse
Copyright © 1998 Armando Caussade

Fecha: 25 de febrero de 1998, a las 7:30 pm, en Piscadera Bay, Curazao
Comentarios: Esta fotografía se tomó minutos después de la llegada de Gladys Ríos y su hijo Juan a Curazao. Aparecen, de izquierda a derecha: Armando Caussade, Gladys Ríos y Juan Villafañe.

Al atardecer del miércoles nos encontrábamos con Gladys y Juan. Hacia las 8:00 pm ingresamos los cuatro al restaurante Garuda, ubicado justo al margen de nuestro hotel y cuya especialidad era la cocina indonesia. Allí encontramos casi un centenar de personas, en un espacio que normalmente no acomodaría más de cincuenta, conversando apasionadamente sobre el acontecimiento que habría de presenciarse el día siguiente. La cena —que consistía de espaguetis, arroz frito, plátanos y carnes asadas— fue servida en tal cantidad que demoramos unas dos horas en consumir los alimentos.

El jueves, 26 de febrero de 1998, día del eclipse, nos levantamos a las 7:00 am. Debido quizás al estrés producido por la expectativa, no ingerimos alimento alguno. A las ocho en punto, después de asegurarnos que llevábamos con nosotros cada una de las cámaras y trípodes, salíamos hacia el noroeste de la isla. Para sorpresa nuestra —una muy desagradable, por cierto— el cielo se veía totalmente cubierto por una espesa capa de nubes, en la cual se discernía un espectro completo de tonalidades del gris.

Apenas subíamos al taxi, le comenté a Gladys: «¿Viste las condiciones del tiempo?» Ella suspiró, y luego dijo: «Sí, y Dios quiera que mejore. Llamé a Puerto Rico antes de salir, y dicen que allá también está nublado.» Al escuchar esa noticia, me preocupé aun más. Pensé: «Si se trata de un gran sistema de mal tiempo sobre toda la cuenca del Caribe, hemos perdido el viaje.» Entonces intervino Ronnie, que hasta ese momento, apenas había hablado: «Esperen al mediodía. Aunque aparezcan nubes durante la mañana, las tardes siempre resultan soleadas. En los últimos días, particularmente, ha ocurrido así.» De primera instancia, no le dimos importancia este comentario; pero luego, cerca del mediodía, nos daríamos cuenta que nuestro guía había acertado.

KNIP BAY

Alcanzamos nuestro destino hacia las 10:00 am. Después de una parada de 45 minutos en las cavernas de Boca Tabla, llegamos al poblado de Westpunt, ubicado a sólo pasos de Punta Watamula, en el extremo noroeste de la isla. Las playas estaban atestadas de gente, y en algunas ya no era posible ni acercarse. Así, por recomendación de Ronnie, emprendimos un retroceso de varios kilómetros, alcanzando finalmente un pequeño balneario llamado Knip Bay (en español, Bahía Quenepa), que apenas empezaba a poblarse. Después de un rápido cálculo mental, concluí que nuestra desviación de cinco kilómetros con respecto a Punta Watamula apenas representaría una reducción de un par de segundos en la duración de la totalidad, por lo que le confirmé a Ronnie mi aprobación en cuanto a establecernos en Knip Bay.

25 kb Trayectoria del eclipse sobre la isla de Curazao
Fuente: Fred Espenak (NASA/GSFC).

Comentarios: La localización de la playa de Knip Bay, donde observamos el eclipse, se indica con una cruz roja. El hotel en que nos alojábamos, localizado en Piscadera Bay, está indicado con una pequeña cruz negra. Es evidente la considerable ganancia en cuanto a la duración de la totalidad obtenida por nuestro traslado al noroeste de la isla.

El estado del tiempo seguía malísimo. Hacia las 10:15 am se sintió una leve llovizna, pero aun así, salimos del automóvil e inspeccionamos el terreno, delimitando rápidamente el espacio que utilizaríamos como base de observación. Por suerte encontramos en el balneario unos puestos donde vendían frituras y refrescos, los cuales nos sirvieron de sustento hasta después de concluido el evento.

La geografía del lugar era muy interesante. La playa estaba rodeada de unas enormes formaciones de piedra caliza, sobre las cuales crecían diversas especies de cactos y arbustos espinosos, además de ciertos árboles con hojas muy pequeñas. Esto nos recordó inmediatamente los paisajes áridos que se observan en la costa del sur de Puerto Rico. El mar, además, presentaba una tonalidad muy clara justo donde se encontraba con la tierra, cambiando a un color azul profundo según se alejaba de nosotros, de una manera bastante abrupta. Este detalle fue incluso captado en varias de las fotografías que tomamos.

Aunque disponíamos entonces de mapas detallados y conocíamos muy bien nuestra ubicación, la información que entonces teníamos a la mano en cuanto a circunstancias locales era algo más limitada. Así las cosas, nos dejamos guiar por los cálculos relativos al poblado de Westpunt, que realmente no debían variar para nosotros por más de cuatro o cinco segundos. Fue apenas después de nuestro regreso, utilizando programas de computadora, que lograría calcular con gran exactitud la efemérides del eclipse para nuestra localidad exacta. La misma aparece abajo. Pero antes de pasar a estos números, deseo aclarar que la magnitud de un eclipse se refiere a la fracción del diámetro solar ocultada por la luna en un momento dado del evento.

En Knip Bay habían izado bandera astrónomos provenientes de muchas naciones. A estos «cazadores de eclipses» —como se ha dado en llamarlos— se les identificaba por sus camisas y sombreros impresos con el lema de «Saros 130»
[3], pero especialmente, por el instrumental que se les veía instalando. Junto a nosotros habían establecido su campamento varios miembros de la Sociedad Astronómica de Houston (Houston Astronomical Society). Con excepción de un par de nutridos grupos que habían viajado desde Gran Bretaña, estos aficionados constituían una de las agrupaciones más destacadas de cuantas habían venido a esta playa.

Alrededor de las 11:00 am se evidenció una mejoría notable en las condiciones del tiempo; las nubes empezaron a fragmentarse, y surgieron los primeros claros en los que se divisaba algo de cielo azul. Según se disolvían las nubes, comenzó a sentirse un calor muy intenso, el cual sabíamos que, por causa del eclipse, pronto empezaría a ceder. Durante este período Juan se ocupaba de instalar los intrumentos que habíamos traído, mientras que Gladys se entretenía observando el aspecto natural del lugar. Mi hermano y yo, por otro lado, nos dedicamos a escuchar los relatos que narraron los americanos que habían acampado a nuestro lado acerca del eclipse de 1991, según visto por ellos desde México. A eso de las 12:30 pm miramos hacia arriba una vez más y nos dimos cuenta que el firmamento había quedado completamente despejado.

57 kb Escena en la playa de Knip Bay, hacia el mediodía
Copyright © 1998 Armando Caussade

Fecha: 26 de febrero de 1998, hacia las 12:00 pm, en Knip Bay, Curazao
Comentarios: La fotografía está orientada en dirección noroeste. Se aprecia un cielo mayormente despejado, con algunos residuos de nubosidad que terminarían disipándose dentro de la media hora siguiente.

FASES PARCIALES

A las 12:45 pm —cinco minutos después de comenzada la fase parcial— vimos la primera «mordida» de la luna en el disco solar. Me acerqué entonces a Juan y comprobé que su videocámara ya estaba filmando el eclipse. El aparato era uno relativamente sencillo, al menos en comparación con otros muy costosos que algunos individuos habían desplegado; sin embargo, un buen número de personas se allegaron hasta nuestra área para mirar el sol a través de esta cámara. La misma tenía un visor de cristal líquido, en el cual se apreciaba claramente la proyección del disco solar según se iba ocultando por la luna. Tan apropiado resultó este instrumento, que a partir de ese momento, apenas fue necesario utilizar las gafas de milar aluminizado que habíamos traído.

Alrededor de la 1:30 pm (magnitud del eclipse: 0.54) comenzó a ceder el calor. Considerando que en la playa apenas había lugar donde guarecerse de los rayos solares, este alivio fue bienvenido por nosotros. Posteriormente, la temperatura siguió refrescando hasta el momento mismo de la totalidad, en que el descenso absoluto debió alcanzar aproximadamente unos 8° C.

82 kb Cuarenta minutos antes de la totalidad
Copyright © 1998 Armando Caussade

Fecha: 26 de febrero de 1998, a la 1:30 pm, en Knip Bay, Curazao
Comentarios: La fotografía se tomó en momentos en que comenzaba a observarse un leve descenso en la temperatura de los rayos solares. La fracción oculta del diámetro solar pasaba ya de la mitad.

Hacia la 1:50 pm (magnitud: 0.76) se observó una reducción apreciable de la iluminación solar. El cielo cambió de color, tornándose de un azul más opaco. Pero definitivamente el aspecto no era como el de un atardecer, puesto que no teníamos ante nosotros los destellos rojizos del sol poniente, como tampoco las sombras largas de la tarde, debido en ambos casos a que sol mantenía aún una elevación considerable. Lo que acontecía era algo que nunca habíamos visto, y que resultaría difícil de imaginar para alguien que no haya experimentado un evento de esta naturaleza.

«Todavía es de día, pero ya la iluminación empieza a cambiar», le dije a Gladys y a Juan. Este último respondió que veía un «cambio en el cielo», específicamente, «una diferencia en el patrón de luz». Poco después, Gladys expresó que le gustaba la forma como iba oscureciendo, y que notaba el cielo «más azul». Instantes después, tomó su cámara y encontró que el flash, al detectar el cambio lumínico, se había encendido automáticamente. Se nos ocurrió entonces, a varios de los presentes, entrecruzar los dedos en dirección del astro rey, dejando así proyectar en la arena una docena de pequeños soles menguantes.

A todo esto, había ya más de mil personas en la playa. No sólo eso, nos asomamos al mar y vimos alrededor de veinte embarcaciones, la mayor parte de ellas recién llegadas, pues apenas habíamos contado unas pocas al llegar en la mañana. El ambiente, que desde que arrivamos a la isla se percibía cargado de una mezcla de emoción y expectativa, se sentía ahora carnavalesco.

Alrededor de las dos en punto comenzaron a escucharse expresiones de júbilo. Juan repetía continuamente la frase «¡no puedo creerlo!», a lo que en cierto momento añadió: «Este es el evento cumbre de mi vida.» En ese instante pensamos en los que se habían quedado en Puerto Rico, donde el eclipse sólo alcanzaría una magnitud de 0.90 (similar a lo que estábamos observando nosotros en ese momento). Aunque tal magnitud era suficiente para provocar un oscurecimiento apreciable en el cielo, de ninguna manera podría compararse al acontecimiento que en cuestión de minutos presenciaríamos, y del cual ya empezaba a sentirse una gran excitación. Juan volvió a tomar la palabra, y refiriéndose a un amigo mutuo que no logró hacer la travesía, sentenció: «¡Lo que se ha perdido Fulano!»

82 kb Fases parciales del eclipse
Copyright © 1998 Juan Villafañe. Reproducido con autorización.

Fecha: 26 de febrero de 1998, a la 1:00 pm, en Knip Bay, Curazao
Comentarios: Esta imagen la preparé a base de la filmación en cinta de vídeo que hizo Juan. La misma ilustra el eclipse cuando la Luna había cubierto aproximadamente un 20% del diámetro del Sol.

Hacia las 2:06 pm (magnitud: 0.94), la iluminación solar se tornó aun más escasa. El cielo se mostraba ya bastante opaco, especialmente hacia el oeste. Los americanos que se encontraban a nuestro lado miraban también en esa dirección, y refiriéndose a la inminente llegada de la sombra lunar, anunciaron: «We are ready for the wall of darkness!» Gladys, muy animada, intervino: «¡Ya está cayendo la noche!» Dos minutos después, Juan señaló hacia arriba, y muy excitado, me comentó: «¡Armando, ya se están viendo cosas en el cielo!» Llevé la mirada hacia el oeste, y vi claramente el planeta Venus, a unos 22° sobre el horizonte. Poco después apareció también la estrella Vega.

A las 2:10 pm (magnitud: 0.98), el descenso en la luz diurna se aceleró de una forma notable. «Está oscureciendo rápidamente», fue mi escueto comentario. Miré una vez más hacia el oeste tratando de discernir la forma y extensión de la sombra lunar, la cual, bajo circunstancias normales, debía ya resultar claramente visible. Sin embargo, había sobre nosotros una densa bruma —que según habíamos leído, era normal para la época y para el lugar— por lo que la transición en la opacidad del cielo resultaba bastante gradual, careciendo la incipiente sombra de un límite bien definido.

Seguían corriendo los segundos. A sólo un minuto del tan esperado momento, el estado emocional de los presentes cobró un ímpetu tremendo. Se escuchaba una profusión de gritos, silbidos y hasta aullidos. Me alarmé, sin embargo, al percatarme que ya había personas con los ojos puestos en el sol. Inmediatamente les grité: «¡Todavía no se puede mirar el sol!» Juan me secundó en la advertencia, casi al unísono.

«¡Anillo de diamante!» gritó Juan, faltando 45 segundos. «¡Bandas de sombra!» [4], exclamó, a 35 segundos de la totalidad. Este último aviso me tomó por sorpresa, así pues, tardé varios segundos en reaccionar. Tan pronto como miré a mi alrededor, vi las bandas por todas partes: sobre una sábana blanca que se había colocado sobre el terreno —precisamente con este propósito— y, sobre todo, a lo largo de una pared pintada de blanco que quedaba unos cuatro metros al norte de nosotros. «¡Bandas de sombra!, ¡Bandas de sombra!», anunció Juan, una vez más, para asegurarse de que todos las vieran. Retomando la voz, señalé al sol y exclamé «¡se va, se va!», cuando faltaban sólo 10 segundos.

Finalmente, a las dos horas con once minutos y veinticinco segundos de la tarde, llenos de asombro, y envueltos por el estruendo de una multitud enardecida, vimos como desaparecía el último destello del sol menguante.

TOTALIDAD

La corona solar se veía muy brillante —mucho más de lo que hubiera anticipado— produciendo así un marcado contraste con el disco negro de la luna. Su aspecto era como el de un fino y estrecho anillo y su tonalidad era intensamente plateada, con un matiz como el de un metal recién pulido. Se trata de un color que nunca antes había visto en la naturaleza, muy distinto del tono blancuzco que habitualmente se aprecia en los retratos. Se me ocurrió mirar a los lados de la corona, e inmediatamente, a sólo 4° de ella, saltaron a la vista los planetas Júpiter y Mercurio.

Segundos después, me asomé a mi alrededor, pero no logré cruzar la mirada con nadie, porque todos tenían la vista clavada en el sol, que se encontraba entonces a unos 60° sobre el horizonte. A pesar de que el cielo se había oscurecido apreciablemente, el nivel de iluminación nunca fue menor al de un crepúsculo; aparentemente, el eclipse estaba resultando más brillante de lo que me había anticipado en base a los relatos que había leído sobre eventos anteriores. Tomé inmediatamente el binocular y volví al sol. Esta vez la corona se veía más ancha, y me pareció incluso distinguir una parte de la estructura filamentaria que la conforma. Había transcurrido ya el primer minuto.

19 kb El eclipse durante la totalidad
Copyright © 2003 Juan Villafañe. Reproducido con autorización.

Fecha: 26 de febrero de 1998, entre las 2:11 pm y 2:14 pm, en Knip Bay, Curazao
Comentarios: Esta pintura fue realizada en acrílico sobre lienzo por Juan Villafañe. La misma muestra claramente la corona solar y el disco negro de la luna, según fue captado por nuestros ojos durante la totalidad del eclipse.

Al comienzo de la totalidad —según comentaría más tarde— Gladys sintió una fuerte sacudida, que describió como similar a una «explosión», seguido de una sensación de frío; mientras tanto, a Juan se le hacía imposible operar la videocámara, porque, según dijo, le temblaban las manos. Mi hermano dijo también sentirse un poco nervioso. Para mí, que había tenido este eclipse apuntado en agenda desde 1991 —y a cuyos preparativos había dedicado grandes esfuerzos— el momento fue, no de nerviosismo, sino de una gran satisfacción. Me sentía jubiloso, porque al fin estaba presenciando el evento con el cual tantas veces había soñado.

Eché el binocular a un lado, y volví los ojos al sol; el reloj marcaba 2:13 pm, momento correspondiente al punto medio de la totalidad. No podía darme el lujo de la distracción; el tiempo seguía su marcha, y era preciso aprovechar al máximo aquellos tres minutos y medio. Me enfoqué una vez más en el oscurísimo disco lunar —que parecía incluso más oscuro que el mismo cielo nocturno— y en la resplandeciente corona. Quería memorizar, o más bien, retratar en mi mente, indeleblemente, este espectáculo celestial que tenía frente a mí.

Si bien es cierto que había llegado a Curazao con la idea de fotografiar el eclipse, el prospecto de pasar aquellos breves momentos esclavizado por la cámara no me era nada atractivo. Debatí mentalmente el asunto por dos días, hasta que, finalmente, cinco minutos antes de la totalidad —al percatarme de los cambios que rápidamente se producían en el cielo— decidí que valdría más presenciar el evento visualmente, que a través de la cámara. En el caso de Juan, su ventaja consistía en que la videocámara era capaz de funcionar con muy poca intervención suya, a diferencia de los instrumentos que yo utilizaba; sin embargo, un golpe del destino le impidió lograr su meta. Mientras él removía el filtro solar —en el momento justo en que comenzaba la totalidad— apagó inadvertidamente el aparato, por lo cual la filmación de esta fase del eclipse nunca llegó a darse.

Pasados casi tres minutos, Gladys intuyó que la totalidad llegaba a su fin, y me preguntó si aún podía mirar al sol. Le preocupaba que el regreso de la luz solar se produjera sorpresivamente, arriesgándose quizás a lastimarse la vista. Alerta en todo momento al reloj, le respondí que aún quedaban unos treinta segundos. Aunque no me percaté entonces, supe luego que durante esos últimos instantes apareció en el borde interior de la corona un puñado de protuberancias solares, las cuales presentan un intenso color rojo o rosado, y que, al igual que la corona, resultan sólo visibles durante un eclipse total del sol.

Al terminar la totalidad volvieron las expresiones de júbilo, pero esta vez matizadas por el sentimiento de un logro alcanzado. «¡Qué emocionante! ¡Yo hasta grité!» expresó Gladys, eufórica. Juan se dirigió hacia mí, y recordando el susto pasado durante la mañana por el mal tiempo que había, me dijo: «Armando, lo logramos.» La iluminación retornó rápidamente al lugar, en cuestión de segundos, como si nada hubiera sucedido. Escuchamos entonces una melodía muy familiar, pero no sabíamos de donde procedía. «¡Allá, en al mar!», señaló alguien. Se trataba de la Marcha Nupcial, de Mendelssohn, la cual resonaba, con gran fuerza, desde una de las embarcaciones que habían anclado cerca de la playa.

68 kb Veinte minutos después de la totalidad
Copyright © 1998 Armando Caussade

Fecha: 26 de febrero de 1998, a las 2:35 pm, en Knip Bay, Curazao
Comentarios: Esta fotografía fue tomada por nuestro guía, Ronnie. Aparecen, de izquierda a derecha: Juan Villafañe, Gladys Ríos, Jorge A. Caussade y Armando Caussade.

A las 2:20 pm reapareció Ronnie, después de unas dos horas de ausencia. Quince minutos después abandonamos el balneario, no sin antes tomarnos una foto en el lugar preciso donde habíamos contemplado la ocultación del sol. Nos enteramos luego que en otros puntos de la isla hubo grandes celebraciones por motivo del eclipse, particularmente en la ciudad de Willemstad, donde incluso se lanzaron fuegos artificiales durante el período de la totalidad.

Hacia las 3:30 pm —ya en el trayecto de vuelta a Piscadera Bay— dirigimos una última mirada al sol, observando la misma «mordida» que vimos al inicio del eclipse, aunque esta vez del lado contrario de nuestra estrella. Media hora después, agotados pero triunfantes, entrábamos a un restaurante criollo, donde consumimos la primera comida completa del día. El almuerzo consistía de pescado asado, acompañado con arroz blanco y plátanos maduros. Gladys, además, aprovechó la ocasión para probar uno de los platos tradicionales de esa isla, la sopa de cacto, que aunque no nos apeteció en ese momento a mí ni a los más jóvenes, ella describió luego como deliciosa.

Varias horas más tarde, ya de regreso en el hotel, concluíamos la jornada con una improvisada sesión de observación astronómica. Vimos la región de Argo Navis en su totalidad, incluidas las estrellas Canopus y beta Carinae, el asterismo conocido como la «falsa cruz», así como la nebulosa de eta Carinae; y además, la constelación de Crux, junto a las luminarias alpha y beta Centauri. Todo esto lo vimos mejor que desde nuestros hogares en Puerto Rico, ya que habiéndonos trasladado unos 6° de latitud hacia el sur, las estrellas y constelaciones australes se mostraban correspondientemente más elevadas sobre el horizonte.

EPÍLOGO

El viernes, 27 de febrero, nos dirigimos mi hermano y yo al aeropuerto internacional de Hato, encontrando que la línea aérea ALM había sobrevendido los pasajes para nuestro vuelo, debido aparentemente al incremento en el tráfico aéreo generado por el eclipse. Fueron muchos los que también experimentaron este problema, incluyendo algunos que tenían que tomar vuelos de conección hacia Estados Unidos y Europa —vía San Juan—, y que terminaron perdiéndolos. Aunque en un avión distinto, pudimos emprender el regreso ese mismo día, llegando a nuestro hogar unas diez horas después de lo programado. Dos días más tarde, y después de disfrutar de diversas actividades turísticas en la isla de Curazao, Gladys y Juan retornarían a San Juan.

El miércoles, 18 de marzo de 1998, la Sociedad de Astronomía de Puerto Rico celebró un coloquio sobre el eclipse, durante el cual compartimos nuestra experiencia con decenas de personas que también habían viajado a otras islas. Supimos entonces que no todos fueron tan afortunados como nosotros. Según nos indicaron, el grupo más numeroso, ubicado en la costa oriental de Antigua, logró observar la totalidad sin percances climáticos, aunque la duración en dicha área no pasó de dos minutos y medio. En el lado occidental de esa isla hubo momentos de mal tiempo, particularmente en la región inmediata al aeropuerto, mientras que en diversos lugares de Aruba —incluyendo la ciudad de Orangestad— las nubes casi malograron el período de la totalidad.

NOTAS

Nota 1:
El sol no puede observarse directamente bajo ninguna circunstancia, exceptuando únicamente el caso de los eclipses de tipo total, y ello sólo durante los breves momentos en que el disco solar queda completamente ocultado por la luna. Los eclipses parciales y los anulares —y aun los totales durante sus fases parciales— no pueden mirarse directamente en ningún momento. Incluso cuando se haya ocultado el 99% del disco solar, el restante es todavía tan brillante que puede lesionar la vista permanentemente.

Nota 2:
La máxima duración posible de la totalidad en la región de las Antillas Holandesas era de 3 minutos y 43 segundos, en un punto marítimo ubicado a medio camino entre Aruba y Curazao; ese lugar, obviamente, se convirtió el día del eclipse en destino de muchos cruceros. El máximo absoluto de la totalidad era de 4 minutos y 9 segundos, en un lugar del Océano Pacífico localizado a 500 km al sur de la costa de Panamá y a 1,000 km al noreste de las Islas Galápagos.

Nota 3:
El término Saros se refiere a un período de 18 años, 11 días y 8 horas, el cual separa dos eclipses que resultan muy similares en términos de mecánica celeste. Se produce de esta manera una cantidad de ciclos que se suceden concurrentemente. Por ejemplo, durante el año 1998, se desarrollaban simultáneamente 39 Saros diferentes, numerados desde el 117 hasta el 155.

El Saros 130 consta de 73 eclipses, de los cuales el ocurrido el 26 de febrero de 1998 fue el nº 51. Esta serie comenzó con el eclipse parcial del 20 de agosto de 1096, ocurrido en la región antártica, y terminará con el eclipse, también parcial, del 25 de octubre de 2394, que se observará en las inmediaciones del polo norte. El mayor eclipse de la serie fue el nº 30, ocurrido el 11 de julio de 1619 en el África central, cuya totalidad tuvo una duración de 6 minutos y 41 segundos.

Nota 4:
Las bandas de sombra, conocidas en inglés como shadow bands. Se trata de un gran número de líneas onduladas y paralelas, en rápido movimiento, visibles usualmente durante los instantes anteriores y posteriores a la fase total de un eclipse solar. El efecto es producido por el paso de los rayos solares, ya menguados, a través de capas de aire turbulento en la atmósfera.



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